
No existen recuerdos del futuro, como no existen recuerdos de la muerte. Por eso sé que nunca te conoceré. Tu corazón camina descalzo por el frío andén del olvido, se congela en el autobús de la nada. El destino nunca ha querido mostrarte a mis ojos, la realidad jamás me acercará la magia de una caricia tuya. Tampoco el tiempo llamará al timbre de tu puerta y yo no podré catar la esencia de tu sentimiento. Y sin embargo, ardes en mi cerebro, te agitas en la fiebre del deseo cuando cierro los párpados y te imagino hasta que el sueño me derrama en el vacío.
Duermo. Chisssss...No hagas ruido. Viajo en la oscuridad como un náufrago en la noche, cruzo sobre mi cuerpo y me levanto dejando sobre la cama un montón de huesos que de nada sirven en el devenir del tobogán mórfico. Veo una luz al fondo, la llama de una bujía incandescente que oculta entre sombras el rostro. Tal vez seas tú, pienso. Pero sé que estás muerta y no quiero columpiarme en la vana esperanza de una resurrección etérea.
Lo sé. Lo sé todo. No necesitas disimular. No es preciso que permanezcas ahí quieta, al otro lado de ninguna parte, ni que te distraigas haciendo agujeros en el vacío. Sólo te tengo a ti, aunque no existas, y no te queda más remedio que escuchar lo que quiero decirte. No te preocupes. Sé positivamente que no estás y, por lo tanto, no puedes desaparecer.
¿A quién podría yo hablar que no fuera a ti? ¿Quién más me podría escuchar con tanta atención y paciencia como tú? Quizá no sea capaz de explicarme claramente, de hilvanar las ideas de una en una como silogismos lógicos en la torre de babel en la que se ha convertido mi cerebro. Pero sé que debo decir la verdad, nada más que la verdad, aunque para ello precise calzar zapatillas de sueños y caminar sobre el filo de la irrealidad. Solamente así lograré estirarle la nariz a los astros y disfrazar el aire con serpentinas de cometa en celo.
¿Notas cómo me laten las sienes? ¿Cómo el silencio devora mis palabras? Sólo te quiero a ti. Te amo desde el escalofrío más profundo de la médula, desde la última articulación del esqueleto, desde el vértice secreto del espíritu donde se forja el éter. Pero no se lo digas a nadie. Es un secreto que sólo nos pertenece a ti y a mí, o en realidad a mí, porque esta carta jamás llegará a tu buzón y, probablemente, me será devuelta con el sello de “dirección desconocida”. ¡Qué lástima porque nunca sabrás que todo mi tiempo te ha pertenecido!


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